Tuesday, August 12, 2008


UNA ESPIRITUALIDAD MUY SIMPLE

Por José Reveco*/ agosto 2008

Es muy sencillo; casi todas las religiones existentes en el planeta se basan en estas premisas. Indudablemente, todo está mediado por la cultura en la que se nace y se crece, el ambiente, la ubicación geográfica, el idioma, el carácter, etc.

Paradojalmente, a pesar de la sencillez de la propuesta, encierra una serie de condiciones necesarias para hacerla realidad y alcanzar la beatitud anhelada.

Si consideramos estos dos “mandamientos” como requerimientos divinos o provenientes de la divinidad, para que llegue a nosotros tiene que haber sido revelado, mostrado, o entregados a alguien que hace de intermediario y los entrega a la humanidad. Es el caso de los seres que todas las religiones tienen por personas divinas: en el cristianismo, Jesús de Nazareth; en el judaísmo, Moisés; en el budismo, Gautama; en el hinduismo, krisna; el la fe Bahaí, Bahaulla; entre otras.

Estos receptores, de la divinidad, experimentan un proceso de transformación que les permite alcanzar la beatitud y encarnar el mensaje que transmiten, de acuerdo al momento, lugar, época, mentalidad, cultura, etc., que viven en el momento, aunque el mensaje traspase tiempo, lugar y condición. Luego vienen los seguidores, con el mismo anhelo de unidad con Dios, pero condicionados por su propia personalidad. De ahí que la sencillez original se complique de acuerdo a quien está trasmitiendo y dónde y a quién.

Podemos decir entonces, que cuando se institucionaliza una forma determinada de entregar el mensaje, de ir apoderándose de él, de ir reactualizándolo, de ordenar los procesos de avance o evolución de los fieles en el camino tomado, aparece lo que llamamos religión, la institución a cargo del mensaje.

Pero en su acepción más genuina, la palabra “religión” significa volver (re) a unir (ligar), lo que en un determinado instante se dividió. Por eso, el ser humano se vuelve a unir a Dios, su origen y del cual se ha descentrado y siente la nostalgia por lo primigenio, por lo cual se siente in-completo, y necesita volver a reunirse. Esta forma de religión es la que tiene por premisa los mandamientos de amar a Dios y al Prójimo, como mandato universal a todo humano, independiente de la institución religiosa a la cual adhiere.

Vale la pena consignar que las religiones, como instituciones, surgen para ayudar a entregar el mensaje proveniente de quien ha tenido la revelación divina y para ayudar a los seres humanos a alcanzar la beatitud, la bienaventuranza, la felicidad, en Dios. Cada cual con sus procesos y métodos que mejor han considerado. Algunas instituciones han adoptados enfoques o modelos que facilitan o dificultan la vida religiosa del adepto. Se jerarquizan o se simplifican en sus administraciones.

La espiritualidad simple, considera a Dios como el origen del cual ha salido el ser humano y al cual debe volver. En un principio era unidad, uno solo con su origen. Luego al individualizarse, encarnarse y tomar una personalidad se produce una disociación con el origen que lo lleva a una tensión entre el verdadero yo y la personalidad. Su trabajo consistirá en reconocerse como Hijo de Dios, a él debe hacerle lugar y postergar o anular la propia personalidad; tal como dice San Pablo: “y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál 2,20). El sujeto y Dios son uno.

Amar al Prójimo, al otro que no soy yo, que muchas veces es mi desconocido, tiene su contrapartida en que también él, mi prójimo, es parte de Dios, es Hijo, es uno con él. Y el mandato divino es amarlo como si fuera yo. Esto es el trabajo espiritual: reconocer al otro como parte de Dios, tal como yo soy parte de Dios, por tanto el otro es mi hermano, el otro soy yo mismo, en definitiva.

El ser humano experimenta sentimientos de separatividad con Dios y el Prójimo. Nos sentimos extraños con Dios y el Prójimo. Nuestra personalidad nos avisa que estamos con otros que no soy yo. El trabajo espiritual consistirá en ir disminuyendo este sentimiento o sentido de separación con los otros. Requeriremos, entonces, de “prácticas” o “ejercicios” que nos ayuden a conocernos a nosotros mismos y caminar hacia la depuración de la personalidad para hacerla, en algún momento de la vida, una con Dios y el Prójimo. Será el momento de la beatitud.-

* Laico integrante de la comunidad cristiana P. Bernardo Hurault de Coronel.

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