ENTRE USTEDES NO SERA ASI
Por José Reveco*/ junio 2008
A menudo oímos que el problema grave por el que atraviesa la Iglesia es la falta de personal consagrado, en especial y particular de sacerdotes. Y muy recurrentemente se les solicita a los feligreses oración para que aumente el número de vocaciones al presbiterado.
Es más, muchas veces se les exige a las familias católicas que entreguen a uno de sus hijos para el ministerio. Tal cual como se hizo en el pasado, en las familias de la aristocracia criolla, en las mejores y numerosas familias junto al abogado, al médico, u otro profesional, coexistía el sacerdote, o una religiosa.
El tiempo ya no es el mismo y la Iglesia se enfrenta a un mal momento: por cada sacerdote existen cientos de feligreses, mal atendidos en sus necesidades religiosas o espirituales. Cifra nada de auspiciosa, puesto que decrece cada vez, y relega al sacerdote a funciones más bien administrativas en detrimento del acompañamiento en la fe, nada de testimonio profético y ausencia de la predicación del evangelio en todas las esferas de la vida.
Hemos de sumarle al cuadro la pérdida sostenida de comunidades eclesiales de base, con participación activa de sus laicos. Comunidades que reciben del pastor, a lo sumo, menos de una hora, lo que dura la misa. Muchos feligreses se quejan del nulo acompañamiento espiritual, de la formación bíblica-teológica, de la preparación para un mejor y mayor testimonio de vida de los creyentes en el “mundo”, ni qué hablar de la vida de oración y contemplación.
Y eso que no tocaremos los “problemas éticos” a los que se enfrentan hombres y mujeres creyentes, sin las herramientas ni respuestas para afrontar las situaciones. Sólo un ejemplo: el creciente embarazo adolescente y las relaciones sexuales tempranas de hijos e hijas de familias católicas.
¿Qué hacer con este problema, en un mundo cada vez más desacralizado, perneado hasta el hastío por la cultura del consumismo y el individualismo, contrario a toda fe? ¿Qué hacer con tanta pasividad y ausencia de un testimonio cristiano y escaso compromiso de los feligreses, que tan masivo aparecen en cuanta procesión y misa dominical pueda haber?
¿Qué hacer con tanta porfía por vocaciones célibes, si los jóvenes están privilegiando lo que les entrega la cultura a través de los medios de comunicación, incluidos los católicos? ¿Cómo embarcar a los jóvenes en una vocación sacerdotal si lo que escuchan y ven a diario es el exitismo de profesiones en las que escasea la moral y ética profesional?
Las mies es mucha, hay gran necesidad, pero pocos los obreros que al campo van, Lc 10, 2. ¿No será tiempo para que la jerarquía actúe con más creatividad, ponga más atención a los requerimientos del dueño de la mies, y no se empeñe en buscar trabajadores donde no los hay?
La predicación de la Buena Nueva y la vivencia de la filiación divina, parece es lo fundamental en la predicación de Jesús. Sus mandatos rayan en la simplicidad: amar a Dios y amar al Prójimo.
¿Por qué complicar las cosas y no utilizar métodos nuevos para hacer frente al problema de la fe? Podemos solucionar el problema de la Iglesia hoy mismo. Empeñémonos en buscar donde hay, cambiemos el eje sobre el cual todo gira.
En los laicos comprometidos, los que se han esforzado por recibir una formación adecuada, los que conocen los derroteros de las comunidades y las necesidades de su gente; los que en silencio van acompañando la fe de sus hermanos, los que han sido testigos de la manifestación del Señor, los que han hecho del evangelio su afán en la vida; en ellos está fuerza de la Iglesia, en ellos se mantiene la fe de la Iglesia.
Muchos hombres y mujeres han sido bendecidos por el Señor con carismas y dones suficientes para recrear la Iglesia y llevarla a su fin, para cumplir con el mandato de ir a todos con
Si tan sólo permitiéramos al Señor se manifieste y no le ocultemos, podríamos generar otro tipo de relación entre quienes conducen la Iglesia y los que son conducidos, al modo como lo plantea Mt 20, 25-28.
En la actualidad no es así y es lo que está en crisis. Se ha apoderado de la vida de la Iglesia el modelo faraónico, que asfixia al Espíritu y no les permite a sus fieles ser los hijos de Dios en toda la profundidad que esto significa.
Hoy mismo puede cambiar el derrotero de la Iglesia, si reconocemos a los laicos y sus comunidades como los privilegiados del Señor; aquí están los nuevos servidores de la Palabra, de la Eucaristía, del acompañamiento espiritual, de la formación, del testimonio, de la conducción eclesial, etc. No hacen falta sacerdotes, hay de sobra.-
* Laico integrante de la comunidad cristiana P. Bernardo Hurault de Coronel.


1 Comments:
Un saludo fraterno y mis felicitaciones por esta pagiba blog. Desde ahora podremos continuar nuestro dialogo en búsqueda de una iglesia comunitaria fundamentada en la Palabra. En el recuerdo de Bernardo y la fe en la presencia de Cristo resucitado para nuestra liberación, con cariño, Agustín Cabré Rufatt
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